miércoles, 2 de septiembre de 2009

"I'm fed up!", Borrego Viudo y la última reconciliación

La noche que se perdió en mi memoria sucedió hace mucho tiempo, cuando pensé que el amor entre el soltero tóxico y yo se podía salvar, y vino a buscarme para hablar, para decirme que todavía me quería y que no podíamos vivir sin vernos.

Yo me recuperaba de la difícil enfermedad de mis piernas, la misma que me ha hecho usar liguero con medias todos los días, y justo me acababa de comprar las botas de agua que ahora me gusta tanto calzar; ese día se lo pasó lloviendo muchísimo y yo no paraba de escribir ni de escuchar a Alizée.

Era sábado, y yo pasaba el tiempo sola como siempre, como ahora, la diferencia era que el hueco de mi corazón se había vuelto perenne, y yo estaba más sola que nunca, porque supuestamente el chico estaba conmigo pero el abismo cada día se hacía más grande entre nosotros dos. Un día ese abismo no pudo cruzarse más. Y mientras, mi convalecencia detrás del cristal en donde la lluvia golpeaba y se escurría, me hacía tener esperanzas, estirar al amor y escuchar a Alizée.

La canción I'm not twenty! me hizo llamarle al móvil, se salió del restaurante en el que trabajaba, y vino a mi casa. Preparé el bolso, mis zapatillas converse de corazones rojos, y mis levi's. Mi madre sólo nos deseó felicidad y amor, ¿qué más podía hacer? Bebimos una cerveza en el auto, luego decidimos entrar al bar de la esquina de la Facultad. Nunca habíamos ido allí, y lo pasamos de maravilla. Hubo música en vivo, bailamos muchísimo, yo fumé todos los marlboro que quise, cantamos, brindamos hasta perder la cuenta, lloré de amor, lloré de esperanza. Y al final nos pusieron I'm fed up! de Alizée.

Salimos cerca de las tres de la mañana, y lo lógico hubiera sido que volviéramos a mi casa porque estábamos a cinco minutos, pero en vez de eso, manejó directamente todo Periférico Sur hasta Viaducto, lo tomó para salir en Revolución y entramos a los tacos del Borrego Viudo para cenar. Siempre lo hacíamos así, salvo cuando cambió de domicilio y se fue a vivir frente al Estadio Azteca. Cenamos viuditos y continuamos el camino hacia su departamento.

No puedo escribir lo que pasó el resto de la noche, porque en realidad no pasó nada. Dormí, desfilé en ropa interior, lo de siempre, lo de nunca. Él durmió, se abrazó a mi cintura, desfiló su corazón frente a mi, lo de nunca.

La mañana siguiente se nos fue en desayunar, fuimos por barbacoa no me puedo acordar a qué lugar; volvimos a mi casa mirando Periférico pero de regreso, como siempre, como nunca debió ser. Mi madre lo supo desde que nos vio entrar al salón, había habido reconciliación, por eso volvíamos hasta el día siguiente, por eso la borrachera, por eso la cena de madrugada y el desvelo del día siguiente. Por eso el amor, que obligábamos que sucediera, que no se fuera, que no me hiciera sentir más sola de lo que ya estaba.

Y no duró más. Fue un domingo magnífico, de los primeros que empecé a odiar. El amor no nos duró ni para el miércoles, pero puedo ponerme la mano en el pecho para decir que lo intenté, no esa vez sino muchísimas más. Hoy la película Un buen año me gritó que debía escuchar a Alizée, y las microbocinas me gritaron que cantara a todo pulmón la canción que me hizo echar toda la carne al asador.

Los meses siguientes a esa frustrada reconciliación los pasé bajó una neblina gris, que no supo cuando se volvió lluvia otra vez, que al empaparme me refrescó el corazón. Muchas lágrimas se mezclaron con esas gotitas, caprichosas y sencillas. Lluvia que ahora no quiere volver, ni a mi Ciudad ni a mi corazón.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

"Una cama debe ser grande para que quepa el odio en medio" No recuerdo donde lo oí.
¿Será que, por que no encuentras un amor no llueve?

Espero y llueva pronto.
Besos Mariposa.