No hizo falta la pastilla borramemoria porque poco a poco las imágenes se me han desimpregnado de la memoria como los aromas de la piel.
La última vez que lo vi fue a causa de fuerza mayor porque me era necesario recuperar un documento que olvidé en su departamento. Nos encontramos en el Auditorio Nacional como es mi costumbre, pero esta vez (a diferencia de mis últimos prospectos) el encuentro no fue agradable.
Se veía mal: muy subido de peso, con el pelo largo, la barba muy crecida, los ojos bien chiquitos detrás de las enormes gafas y los dientes amarillísimos. No olía mal a pesar de verse desaliñado, pero tampoco era agradable a la vista.
Me preguntó cómo estaba y para qué necesitaba el documento. No le dí razón alguna. Ni siquiera me preocupé en echarle una mentira. Me entregó un bolso de papel que olía a humedad y pesaba mucho, lo que me causó extrañeza porque los papeles no pesan. El bolso traía una pijama mía -que no recordaba que existiera-, un cargador de celular y tres botellas de loción de lavanda que nunca quise y que fueron un regalo de su hermano y su cuñada; cuando salí de su departamento la última vez le dije que me llevaba lo mío, no lo que quería ser mío. Y ahora, en el bolsito, las botellas estas de gel de ducha, loción corporal y loción de tocador, fueron más insoportables que la primera vez.
Mientras las metía a su chamarra a como diera lugar, hice dos llamadas y luego le dije "me voy hacia el metro ¿vienes o te quedas?" Sin responderme caminó junto a mi. Y entonces me dio un poco de lástima verlo mal, sin saber si era verdad su situación o estaba fingiendo. Caminamos al metro, bajamos todas las escaleras para llegar al andén y nos separamos. "Bueno pues, muchas gracias", "Cuídate, deseo que estés bien" -me contestó. Subí entonces las escaleras para cambiar de dirección (él iba a Barranca del Muerto, yo hacia el Rosario) y sin pensar en más caminé hasta el principio del andén.
Los trenes de la línea 7 del Metro de la Ciudad de México tardan mucho en pasar, siempre es lo mismo. Es una línea relativamente corta, que comunica al poniente de la capital combinando muchas conexiones en poca distancia. Cuando tuvo que suceder, el tren llegó con el pitido que anuncia que estará deteniéndose en unos momentos en la estación. Subí entonces la mirada y lo vi: parado frente a mi del otro lado de las vías, en el andén contrario; con las piernas abiertas y los brazos a los lados; con el pelo sobre la cara cubriéndole los ojitos entrecerrados y entonces sin esperarlo capté una señal: traía puesta la camisa color violeta que le regalé, la que sólo usaría para ocasiones especiales.
El mismo error...
Procuro no cometerlo dos veces. En un instante sucedieron muchas cosas; lo miré una vez más y justo cuando el tren se paró frente a mi, el tren de su lado llegó a la estación. Abordé, me recargué en una agarradera y lo vi. Cuando intentaba despedirse con su mano los trenes iniciaron marcha.
La ciudad es noble, pero también es cruel. Me llevo bien con ella porque me cubre, me protege y a veces me echa la mano. También nos caemos bien porque nos decimos la verdad. Esta verdad era que yo no lo quería volver a ver.
No es la primera vez que hago historia en un andén. Una vez memorable fue cuando iba rumbo a la casa del Rey Sol, de mañana, a ponerlo bien, a ponerme de buenas, a echar en marcha al amor. Tiempo después, con diversas reglas de honor, otras personas intentaron conectarme sin éxito. Y luego tuvieron parte las historias tristes y de terror. Y luego la historia cotidiana, la misma que me fastidia cuando tengo que caminar hasta la letra K en Cuatro Caminos. Así es, así debió haber sido.
Otro juego.
Y en contra de todo mi itinerario, tuve que presentarme en mi antiguo Colegio. Antiguo para mi, actual para mi sobrino. Mi hermana no estuvo en la Ciudad, así que estos días estuve a cargo del niño, de su casa, de un perrito chihuahueño, el coche y tres tamagotchis. Fui a recoger a mi hijo postizo a la escuela y lo acompañé en el entrenamiento de volibol. Me divertí de lo lindo recordando mis años en aquella escuela, a mis amigos y a mis profesores. Me dio gusto comprender, que de alguna manera cuando uno es chico y va al colegio, también es libre.
Platiqué un largo rato con Mario el paletero, me comí una paleta de arroz y luego compartí una congelada de rompope con mi sobrino. Mario me preguntó muchas cosas, intentando ponerse al corriente de mi vida pasados diez, quince o veinte años. Hicimos muchas cuentas, contamos muchas anécdotas y pronunciamos nuevos personajes.
Entonces recordé la despedida del andén. Te prometo que yo no quería, no quería acordarme más de ese día, ni de él, ni del departamento. Como no quiere la cosa acepté que así tiene que ser: de pronto hay momentos en los que uno recuerda, recrea y sana. Esta vez fue el estimado paletero quien jugó el papel de exorcista.
Y dale, que está bien.
Qué más dá si mi corazón vuelve a sentirse como esponja seca, igual las lágrimas no han logrado salir.
Haber estado con mi sobrino me puso bien. He dormido poco (lo que no es novedad), comido mal y compartí en los partidos de volibol de hoy por la mañana. Estuve contenta y me reí mucho.
Hoy, al salir del CDI luego de los partidos, me quedé mirando a unas niñas un par de años mayores que mi sobrino. Una iba de la mano de otro chico, él la abrazaba contra su costado y le acariciaba el pelo; la otra la miraba y mientras le contaba de un tal Luis.
Dos preguntas me llegaron a la cabeza: ¿qué tenemos en la cabeza para comenzar a salir con chicos siendo tan pequeñas aún? ¿Qué ganas o qué ideas pasaban por nuestras cabezas a esa edad para sentirnos atraídas por un chico? Cogí mi bolso, el equipo del voli, la mochila y mi suéter, volteé a ver a las chicas por última vez y sonreí, no pude evitar decirme a mí misma: No saben lo que les espera.
Feliz y reflexivo fin de semana.
1 comentario:
Sabes? creo que el escenario ideal para una despedida deberia ser ese: un anden, eso si, con direcciones contrarias para cada quien como fue tu caso, porque es como una metafora ideal de las rupturas, tu para un lado y yo para el otro, de aqui en adelante.
Tambien debo decirte que soy una mala persona y experimente cierto placer en que no se viera bien, pero me dio mas gusto que todo eso no te diera lastima. O cada quien tiene lo que se merece o se acabo el maquillaje del amor, yo que se.
Me alegra que estes contenta, ya se te humedecera el corazon nuevamente, estoy segura. Tambien estaba pensando en las chicas enamoradas que viste a la salida del colegio, tienes razon, no saben la que les espera. Lo malo es que nosotras ya no sabemos que esperar.
Como no estas en linea supongo que tu estilo se fue a recorrer el norte de la ciudad. Estare en msn manana, esperando el relato.
Te quiero, te quiero.
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