La semana pasada desayuné con Janis. Entre tanta plática, hablamos de los proyectos futuros y del amor. El primer tema duró un par de horas: propuestas, oportunidades, cambios de giro. El segundo tema se comenzó a agotar. Terminé diciéndole: "no me importa si estoy perdiendo la esperanza o se me está acabando la fe".
Hoy fue la primera noche, después de muchos meses, en que me recosté tranquila a leer un libro de obsequio. En mi cumpleaños pasado, mi padre me regaló La Tregua de Mario Benedetti, y no lo había empezado a leer por mi afán de no buscarme distracciones. Lo encontré entre mis demás libros y me animé a leerlo después de descubrir la dedicatoria que mi padre escribió en la primera hoja. "Finalmente es mi padre -pensé- y me conoce bien".
Casi lo devoré. El gusto me duró cinco días. La mágica soledad que me regaló el cambio de decoración de mi habitación me ha hecho inundarme de letras y me ha parecido novedosa, diferente y agradable.
Hacía fácil unos cinco años que no leía a Benedetti. A veces me hacen enojar algunos juicios que hace (no es mentiroso, es escritor) pero en general me pone bien. Luego comprendo que estoy reaccionando justo como él hubo querido que reaccionara, y cuando me sitúo en el lugar social de enunciación del personaje y de él todo es miel sobre hojuelas.
La mágica soledad de madrugada me hizo encender la vela otra vez. Creo que no la he perdido toda. La soledad me ha hecho encender la velita de fe.
Me acompaña el último concierto de Fito. Olvidé decirte que en el fondo del bolsito de papel que olía a humedad había una cuchara de plata, la encontré llegando a casa. Luego entonces, esa fue la ocasión especial.
...la misma calle, el mismo bar,
nada te importa en la Ciudad si nadie espera.
1 comentario:
Todos los escritores somos mentirosos, o simplemente, vemos cosas que tu ves, simplemente de otra manera.
Aullo para ti, para Benedetti, para tu Padre.
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