El tiempo, esta maravilla que pasa volando sin que a veces nos demos cuenta.
Han pasado siete meses ya y parece que fue ayer. Hace diez meses aproximadamente que Hans llegó a mi vida, y te juro que sigo sintiendo que fue ayer.
Salí de la oficina más temprano que de costumbre, tomé Sánchez Azcona y antes de que se convirtiera en Monterrey, tomé viaducto rumbo a Periférico Norte. Un congestionamiento de los mil demonios me sorprendió en Tacubaya, y frente a la fábrica de pianos dilucidé entre seguir por esa vía o callejonearle por Las Lomas o Polanco. Me decidí por la segunda, justo cuando la diseñadora de modas me llamó al móvil, y yo estaba a punto de perder la cordura en el congestionamiento.
Estoy frente a Los Pinos, le dije. Le dio mucha risa los saludos que le mandé al "presidente" y los que le mandé también de su parte. Comenzamos una amena conversación por el móvil sobre nuestros empleos, los chicos, nuestras cosas pendientes y el amor. Yo seguía avanzando sobre la lateral de Periférico, mi amiga seguía hablándome por el celular, y me decidí por irme hacia Reforma Lomas, dar vuelta en Ferrocarril de Cuernavaca y luego dar vuelta otra vez a la izquierda en Cordillera de los Andes.
Ahí el congestionamiento ya no podía más, avanzamos lentamente y mientras yo por el celular con la diseñadora de modas, muertas de risa hablando de cómo es cuando se comienza a salir con un chico que recién se conoce. En eso, justo cuando me tocaba dar vuelta a la derecha para tomar Palmas, y luego seguir mi camino por Ferrocarril de Cuernavaca hasta Andrómaco y luego Río San Joaquín, una señora histérica -más histérica que yo aunque usted no lo crea-, me aventó su camioneta que parece torta de cumpleaños y comenzó a gritarme groserías y a hacerme señas obscenas.
¡Qué tipa! Nunca entendí bien qué era lo que quería ni por qué estaba enojada. A mi se me hace que se ha de haber dado cuenta de que está en medio de la crisis de los 40 y no ha hecho nada de su vida, o de plano el marido la dejó, o su amante no le regaló el maravilloso orgasmo que le prometió. No sé qué demonios traía en la cabeza, pero me pareció sumamente grosero y estúpido que me gritara de cosas cuando yo sólo estaba esperando mi turno para avanzar. De plano que el congestionamientoy la alocada vida en esta Ciudad no son para cualquiera, y esta
ordinaria señora que cree que maneja una camioneta Chevrolet Captiva con placas del DF 463-WXB en lugar de una torta de cumpleaños, no está preparada para vivir aquí.
Hace unas semanas mi padre le cambió el nombre a Hans, y me dijo que me veía sobre él como si fuera "El pequeño César" porque conduciéndolo yo llevo a cabo todas mis campañas. Y tiene razón. Y Hans, "El pequeño César", me hace mucho más feliz de lo que una torta de cumpleaños con ruedas hace a una señora histérica de Las Lomas.
Luego el chico -mi maravilloso jardín-, me dijo que me mira como si Hans fuera "El pequeño David", porque yo dentro de esta jungla de asfalto lo domino como si el pavimento fuera su Goliat. Me encantó. Por estas pequeñas cosas soy feliz cuando estoy con él.
Hoy Hans "El pequeño César" o "El pequeño David", o pa' no entrar en detalles, mi vochito color negro, entró al taller mecánico a las nueve cuarenta de la mañana. Me alegró que me lo regresaran hoy mismo, porque más allá de molestarme cuando ando a pie, me siento un poco desprotegida sin mi búnker personal, sin mi tanque de guerra particular; desnuda como se siente uno sin el bolso o sin el par de zapatos que siempre se quieren usar.
Yo prometo una cosa: disfrutar andar en Hans como disfruta una escaramuza sobre el caballo en el que aprendió a montar. Y también prometo que si me caso y me convierto en una de esas señoras histéricas que tiene que llevar a los hijos a la escuela o tiene que correr a la oficina, o de regreso a casa para hacer de cenar, ¡nunca manejaré una de esas camionetas horribles que parecen tortotas de cumpleaños!