martes, 29 de junio de 2010

No es normal.

¿Sabes como es esta sensación de querer dormir por horas o días enteros? Hace mucho que no me acordaba de ella, y creí que no volvería a acordarme nunca.

Tengo ganas de morirme, sí, ya sabes, de entrar en este estado de conciencia inconciente en el que no sabes que pasa alrededor tuyo; en el que ya no sabes si es día o noche, en el que no sabes si fue ayer u hoy cuando te dieron todas estas desilusiones y te escribieron todas estas estupideces.

Todo pasa, todo siempre se acaba, y esto también pasará.

Que alguien me diga por favor, que dentro de toda mi locura, esto no es normal.

miércoles, 23 de junio de 2010

Otro cable a tierra.

Anoche, luego de escribir el (pen-) último post y antes de quedarme dormida, me acordé que sí tengo un pendiente todavía por escribir: Las fantasías en Carrusel que le prometí a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel.

Me adelanté y se me fue el avión por un momento. Supongo que es un poco de estrés y cansancio acumulado.

Así que no es oficial, o lo fue por unas horas, pero bueno, digamos que todavía tengo un escrito pendiente, tengo un ultimátum y tengo una línea muerta que tengo que terminar.

Todavía tengo un cable a tierra.

martes, 22 de junio de 2010

Como perro sin dueño.

Esta es la primera noche, desde septiembre del 2002, que duermo sin tener un escrito pendiente.

Es oficial: no tengo nada que escribir.

Quisiera que esta noche hubiera sido especial, y que me estuviera esperando mi cama para dormir muchos días, en lo que salen los dictámenes pendientes, en lo que otras personas leen lo que ya no me hace falta escribir, lo que me esforcé por disertar, lo que ¡por fin! Pude terminar de redactar.

La noche es la misma de siempre.

Y supongo que así es sentirse como perro sin dueño, oficialmente sin ninguna línea muerta, sin ningún ultimatum que cumplir, sin ninguna fecha que me alcance.

¿Y ahora qué? Supongo que el mundo es mío, son infinitas las posibilidades, y todo depende de la decisión que tome.

Estoy agotada, me siento muy cansada; y aunque no pueda, me merezco intentar al menos conciliar el sueño.

Los gatos y la libertad.

Por Pablo Ordaz, 20/06/2010
Publicado en El País.

Su casa olía a gato y su escritura, a libertad. Nunca se casó con nadie, salvo con esas dos pasiones suyas. Hace ya muchos años llegó a confesar: "Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos, también. Los libros no aúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí". Y así fue: el día que los médicos le quisieron apartar de sus muchos gatos para preservar sus pulmones, sus amigos supieron que también lo estaban condenando a muerte.

Lo mismo hubiese pasado si a algún incauto se le hubiese ocurrido alejar a Carlos Monsiváis de la libertad. Nunca la traicionó. Y cuando tuvo que elegir entre la libertad y los suyos, siempre la eligió a ella. No tuvo empacho en criticar a Cuba por su homofobia o a López Obrador cuando el candidato de la izquierda a la presidencia de México en 2006 decidió ocupar la calle para protestar por su derrota. Siempre huyó del abrazo de los poderosos, pero supo estar junto a sus viejas amistades, como la cantante Chavela Vargas, cuando su voz se fue apagando y los famosos amigos de ocasión la abandonaron. Jamás fue bien peinado o con corbata, pero su pelo blanco y su sonrisa eran lo más elegante de cualquier reunión. Y, sobre todo, lo más querido...

Porque los mexicanos amaban a Carlos Monsiváis. Lo leían en los libros y en los periódicos, lo escuchaban en conferencias y en la radio, lo veían en la televisión, pero su omnipresencia en la vida pública o su sabiduría total no lo convirtieron en un escritor famoso, sino en un escritor querido. Es difícil explicar fuera de México la pasión que Carlos Monsiváis o José Emilio Pacheco despiertan. El pasado diciembre, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, uno y otro vivieron un momento que los hizo inmensamente felices. Junto a Sergio Pitol se hicieron una foto muy parecida a la que, justo 50 años antes, les habían tomado en la ciudad de México. A Pacheco, emocionado, se le atravesó un presagio: "Esta será la última vez que...". Ayer, desgraciadamente, la muerte le completó la frase.


lunes, 21 de junio de 2010

Solsticio de Verano.

Lo mejor de regresar a casa luego de cuando estoy contigo, es ver cómo mi camino de regreso se va iluminando poco a poco. Es mirar cómo las avenidas se van haciendo más anchas, más largas, más rápidas. Es elegir una ruta, la rápida o la panorámica, según la hora a la que yo salga de tu departamento o según el estado de ánimo en el que me encuentre.

Lo mejor de regresar a casa luego de pasar todo el día juntos, es venir pensando en lo mucho que me hace falta que vengas en el coche conmigo, a mi lado, con tu mano sobre mi rodilla derecha, con tu mano sobre la mía mientras meto las velocidades del coche; con tu otra mano que fuma, que me convida, que abre la ventanilla y respira el aire de la Ciudad.

Me haces falta, ¡demonios! No me dí cuenta en qué momento me acostumbré tanto a ti. Tal parece que la primavera se puso de tu parte, que echó toda la carne al asador, y que me hizo enamorarme de ti tal cual eres, tal y como tú me aceptaste a mi, "just as she is".

Ahora, el verano me avisa que sigue abrazándome mientras tomo Avenida Guerrero y giro en Paseo de la Reforma hacia Chapultepec, y entre la glorieta de La Palma y el Ángel de la Independencia, decido si debo tomar Río San Joaquín o seguir hasta la Fuente de Petróleos. Antes, me quedo pensando en las protestas sociales frente al Monumento a la Madre y la glorieta del Cuauhtémoc; me gusta ver pasar los autos a toda velocidad sobre Avenida de los Insurgentes.

Me gusta que sea de noche, que el mismo señor que vende chicles en los semáforos ya me reconozca, que la gente que se toma fotografías en el Ángel ya se crea que por ahí vamos a pasar. Me alegra deslumbrarme con el Auditorio Nacional encendido, con todos esos focos que esperan a las personas que van a salir del recinto. Me hace sentir bien mirar desde fuera al Museo de Antropología, e intentar distinguir superando mi miopía, las imágenes de las rejas del Bosque de Chapultepec.

Lo mejor de regresar a casa luego de que estoy contigo, es que esa despedida me obliga a recorrer una de mis rutas favoritas de esta obscura Ciudad, de ésta llena de semáforos, de ésta llena protestas; de mi llena de ella, falta de ti, sedienta de primavera.

sábado, 19 de junio de 2010

El pequeño César

El tiempo, esta maravilla que pasa volando sin que a veces nos demos cuenta.

Han pasado siete meses ya y parece que fue ayer. Hace diez meses aproximadamente que Hans llegó a mi vida, y te juro que sigo sintiendo que fue ayer.

Salí de la oficina más temprano que de costumbre, tomé Sánchez Azcona y antes de que se convirtiera en Monterrey, tomé viaducto rumbo a Periférico Norte. Un congestionamiento de los mil demonios me sorprendió en Tacubaya, y frente a la fábrica de pianos dilucidé entre seguir por esa vía o callejonearle por Las Lomas o Polanco. Me decidí por la segunda, justo cuando la diseñadora de modas me llamó al móvil, y yo estaba a punto de perder la cordura en el congestionamiento.

Estoy frente a Los Pinos, le dije. Le dio mucha risa los saludos que le mandé al "presidente" y los que le mandé también de su parte. Comenzamos una amena conversación por el móvil sobre nuestros empleos, los chicos, nuestras cosas pendientes y el amor. Yo seguía avanzando sobre la lateral de Periférico, mi amiga seguía hablándome por el celular, y me decidí por irme hacia Reforma Lomas, dar vuelta en Ferrocarril de Cuernavaca y luego dar vuelta otra vez a la izquierda en Cordillera de los Andes.

Ahí el congestionamiento ya no podía más, avanzamos lentamente y mientras yo por el celular con la diseñadora de modas, muertas de risa hablando de cómo es cuando se comienza a salir con un chico que recién se conoce. En eso, justo cuando me tocaba dar vuelta a la derecha para tomar Palmas, y luego seguir mi camino por Ferrocarril de Cuernavaca hasta Andrómaco y luego Río San Joaquín, una señora histérica -más histérica que yo aunque usted no lo crea-, me aventó su camioneta que parece torta de cumpleaños y comenzó a gritarme groserías y a hacerme señas obscenas.

¡Qué tipa! Nunca entendí bien qué era lo que quería ni por qué estaba enojada. A mi se me hace que se ha de haber dado cuenta de que está en medio de la crisis de los 40 y no ha hecho nada de su vida, o de plano el marido la dejó, o su amante no le regaló el maravilloso orgasmo que le prometió. No sé qué demonios traía en la cabeza, pero me pareció sumamente grosero y estúpido que me gritara de cosas cuando yo sólo estaba esperando mi turno para avanzar. De plano que el congestionamientoy la alocada vida en esta Ciudad no son para cualquiera, y esta ordinaria señora que cree que maneja una camioneta Chevrolet Captiva con placas del DF 463-WXB en lugar de una torta de cumpleaños, no está preparada para vivir aquí.

Hace unas semanas mi padre le cambió el nombre a Hans, y me dijo que me veía sobre él como si fuera "El pequeño César" porque conduciéndolo yo llevo a cabo todas mis campañas. Y tiene razón. Y Hans, "El pequeño César", me hace mucho más feliz de lo que una torta de cumpleaños con ruedas hace a una señora histérica de Las Lomas.

Luego el chico -mi maravilloso jardín-, me dijo que me mira como si Hans fuera "El pequeño David", porque yo dentro de esta jungla de asfalto lo domino como si el pavimento fuera su Goliat. Me encantó. Por estas pequeñas cosas soy feliz cuando estoy con él.

Hoy Hans "El pequeño César" o "El pequeño David", o pa' no entrar en detalles, mi vochito color negro, entró al taller mecánico a las nueve cuarenta de la mañana. Me alegró que me lo regresaran hoy mismo, porque más allá de molestarme cuando ando a pie, me siento un poco desprotegida sin mi búnker personal, sin mi tanque de guerra particular; desnuda como se siente uno sin el bolso o sin el par de zapatos que siempre se quieren usar.

Yo prometo una cosa: disfrutar andar en Hans como disfruta una escaramuza sobre el caballo en el que aprendió a montar. Y también prometo que si me caso y me convierto en una de esas señoras histéricas que tiene que llevar a los hijos a la escuela o tiene que correr a la oficina, o de regreso a casa para hacer de cenar, ¡nunca manejaré una de esas camionetas horribles que parecen tortotas de cumpleaños!

Bye bye, Andrés Calamaro.

¿Sabes Andrés? Ahora sí no hubo poder humano que me facilitara ir a verte al Teatro Metropólitan. Sólo un milagro hubiera hecho posible que yo asistiera a estos conciertos que diste ayer y antier en mi Ciudad.

Me puse triste, pero luego encontré el disco tuyo que creí perdido.

Me puse triste, pero luego me acordé de la ocasión en que te escuché en vivo y a todo volúmen, de por qué mi coche anterior se llamaba como tu, de por qué se me salen las lágrimas cada que escucho la canción Los Chicos, y entonces me puse feliz porque me acordé de Cristina y me acordé de las noches que hemos pasado escuchándote hasta el amanecer.

Y entonces pensé que quizá esta sea una trampa del destino, y yo no deba verte hasta que Cristina esté conmigo otra vez, ¿lo crees posible? Hace un año no pude ir al Foro Sol porque mis responsabilidades de "nuevo adulto nuevo joven" me lo impidieron. Este año, juro que lo intenté pero no me fue posible ir a verte.

Hablé con Cristina, le conté que perdí pero luego encontré el disco, nos reímos de acordarnos de la historia que hay alrededor de este disco, una tarjeta perdida, unas compras relámpago, Plaza Satélite y el nuevo centro comercial que siempre está inundado. Reímos a carcajadas. Me dijo que ella también hubiera querido verte, y que espera que tú puedas esperarnos a las dos, Victoria y Soledad, como nosotras te esperamos a ti.

Bye bye Andrés, te deseo el mejor de los éxitos.

Recibe muchos cariños,
Mariposa Tecknicolor.