For you I bleed myself dry.
Volver a verlo era lo que necesitaba para sentarme a
escribir. Fingí no querer verlo, y durante un tiempo me escabullí, hui y me
desaparecí como humo.
No fue un tiempo cualquiera, fueron diez semanas después de
que cumplí treinta y de que él cumpliera cuarenta y tres. Empecé el doctorado,
volví a la academia y regresé a dedicarme de lleno a la investigación y a
escribir. Sin darme cuenta se agregó un año más a la lista, menos ceros a las
deudas y un gato más a la familia. Seguí creyendo en el amor y creí haberme
enamorado. Rompí mi propio esquema y me volví a estructurar. Decidí irme de
ahí. Comencé a vivir en dos casas, con gasto doble y un gato menos. El metro de
la Ciudad se convirtió en mi brioso corcel.
Mientras tanto, él hizo un mal negocio. Resolvió cuestiones
de salud, se fue su salvador. No viajó, pero lo hará. No me amó, no lo hará,
pero me extrañó. Once años después, estamos viviendo en la misma Ciudad, en la
misma zona y casi se podría decir que llegamos a pie al domicilio del otro. No lo
puedo creer. ¿En qué momento crecí?
Un mensaje que recordó el viejo programa de televisión, que
él no había visto, en el que di mi testimonio sobre violencia intrafamiliar,
fue el que nos hizo compartir el desayuno. Vino enorme, con el peinado que me
gusta que use y con su coche gris. Como si no hubiera pasado el tiempo, le
mostré a mi gato a través del balcón y se cambió de asiento para que yo
condujera su auto. Te lo encargo mucho, me dijo. Manejé con cuidado, suave,
despacio, como si se tratara del amor. Tomé el eje vial de ida y vuelta,
después fuimos a desayunar.
En el camino noticias, risas y obituarios. Me estacioné como
pude, y se bajó a abrirme la puerta del auto. Desayunamos. Ella se fue, tal
parece que para nunca más volver; tan fue así, que pensé que había muerto. No lo
sé él, pero yo no la volveré a ver ni por accidente. Y no me alegro,
honestamente. Pasa que es de esas noticias que sabes que nunca vas a escuchar,
que necesitas un trago para digerirlas, de esas que ni siquiera sabes si son
verdad.
Luego el amor y la regadera y una lavandería. La lavandería
en casa, la regadera fría y la cama vacía. Una pizza delgada, tres libros sin
leer, un par de gatos que se entretienen rompiendo cosas en el salón. Como siempre,
como si nada. Pero entonces hubo un pequeño paseo, su mano que tomó la mía en
la banqueta, y dos cepillos de dientes que compramos en la esquina. Como nunca,
como todo.
Antes otro paseo, uno que no había habido antes. En cuatro
ruedas, dos grandes y dos chiquitas, pasó por mi mientras meditaba descalza
sobre el concreto de la azotea. Reí como hacía mucho no reía. Nos divertimos
como locos. Conté el tiempo, le dije que eran ya once años, y no volví a
mencionar un tema serio en todo el día, ni en toda la noche, ni lo haré en todo
el año que nos queda.
Todo este tiempo me he resistido a escribir el año once, sin
darme cuenta de que al mismo tiempo no he dejado de escribirlo. Diciembre me
arrollará, enero me sonreirá, y entonces febrero tendrá una cara de año doce
que no sé si podré con ella.
Por lo pronto le dije una mentira, que no sabía qué día nos
habíamos conocido, que había dejado de recordarlo. No es verdad. Lo conocí un
lunes, el 5 de febrero. Asueto. Yo no había ido a la Universidad, él venía de
comer en casa de su mamá. Muchas cosas he perdido mientras me encontré a mi
misma. La fecha de cuando nos conocimos, no es una de ellas.
¿Y ahora? Se acabó el verano, intenté escribir una mierda de
otoño, me mudé de casa y reestructuré mi vida. Viene el invierno, se acabará el
año once y yo tengo que seguir escribiendo.
Cosas nuevas. Temas nuevos. Una teoría. Un doce me sonríe y
no puedo dejar de guiñarle el ojo.