lunes, 22 de febrero de 2010

Mis zapatos de siempre

No quise usar otros zapatos, me puse los míos negros, los de siempre, los de tacón con una trabita y hebillita justo a la altura de los dedos de mis pies. Tampoco quise usar pantalón, y hacía mucho frío para ponerme un vestido, intenté ponerme el rojo con flores azules, para terminar con el abrigo color camello; pero cuando escuché en la radio al salirme de bañar, que estábamos a seis grados centígrados, opté por el traje sastre de tweed color negro, y encima, el abrigo del mismo color. Me solté el pelo, me puse los aretes redondos, y mucho perfume, el que se hizo mi amigo, que se apellida Basi.

Me fui, lejísimos, casi sin saberme el camino de ida, porque era un hecho que no me sabía el camino de regreso. Estuvo bien no haber tomado tanto tiempo de anticipación. Río San Joaquín y Circuito interior -ahora llamado Circuito Bicentenario-, estaban vacíos. Y manejé, y manejé, y manejé, y no sé con certeza cuántas delegaciones de la Ciudad de México habré atravesado. Manejé y seguí manejando, hasta que viera la indicación para desviarme hacia la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Su bahía de ascenso y descenso de pasajeros, me serviría de retorno, para tomar Río Consulado, de regreso dirección La Raza.

Siempre he sido una chica del norte, aún cuando he adoptado al sur como casa provisional, como trabajo que no quiero dejar, como la Ciudad dentro de la Ciudad, que se hace llamar Universitaria. Pero nunca, o por lo menos que yo lo recuerde, había llegado tan al norte. O no sola, manejando a Hans.

Todo esto porque hoy fue la boda de Julia. Fue la primera vez que voy como si nada, como soy, sin sentirme mal por no ir acompañada. Y lo pensé, "no habrá donde me sienten, no sabrán donde acomodar a la soltera que no lleva pareja". Sin afán de tirarme pa'que me levanten, ya me ha pasado antes, que como uno va de single, pues ni como ayudarle al organizador, que no pensó en que habemos personas que llegamos solas. Fue la primera vez, y creo que no lo vuelvo a hacer. Y no por sentirme mal o sentirme sola, sino porque es una verdadera tristeza, no tener con quien bailar cuando se abre la pista de baile.

Fui extraña, muy extraña, hasta para el padre de la iglesia. No conocía a la familia de Julia ni a sus amistades, apenas me recordaba del novio, de cómo se habían conocido y de cómo era su historia. Sin embargo, no me intimidó esa situación, y me la pasé bien. Me presentaron con quien debían hacerlo, y finalmente me acomodaron en la mesa de las primas -con respectivos maridos-, y que afortunadamente resultaron muy simpáticas.

Fue extraño, ya lo dije, hasta para mí; pero me divertí, y el pastel fue lo mejor del mundo.

Ella, la chica que lloraba a mares cuando se peleaba con el novio, el novio con quien discutía por teléfono cuando ella no estaba disponible o no tenía señal en el celular, ellos que vivían al norte y al sur de la Ciudad, ellos que luego de tres años, ahora son marido y mujer. Y qué felicidad, pero qué fuerte. Sentí una opresión en el pecho y se me durmió la mano derecha cuando fue la ceremonia. Me he vuelto sumamente susceptible ante las uniones para toda la vida, e intento tener fe ante los happy endings.

No soy pesimista, lo sabes bien, pero me pasa que lo veo como algo lejano, como algo que según mis circunstancias familiar y personal pudiera no suceder, o que todavía falta para que suceda. Mis prioridades no han cambiado mucho, no soy tan distinta como dicen que parezco. Sigo caminando con los mismos zapatos, pero parece que lo que ha cambiado es el camino.

Esta actitud, esto que me sostiene, finalmente es lo que me hace pensar así. Hace ya muchos meses que no voy de compras, creo que la última vez fue casi en Semana Santa pasada cuando me regalé esas fabulosas plataformas con tacón ancho y de diferente color; y aún así no hace falta que los siga adquiriendo. Nunca son suficientes, lo sabemos bien, pero yo misma tengo mis límites. No importa el color que sean, no importa que traiga puesto un vestido o unos jeans, de hecho no importa si son botas o botines en vez de tacones, pero siempre el mismo par es el que me sostiene.

El camino que uno transita no es sencillo. Ya lo dijeron en una serie de televisión muy famosa, que se necesitan un par de cómodos zapatos para seguir el camino que elegimos. Yo todavía no sé exactamente qué es lo que viene, pero esta actitud, este aire que me cargo de hace un tiempo, se ha convertido en el par que permite que no me lastimen las piedras del pavimento.

El cómodo par de zapatos que he elegido es el punto final, y otra vez, me gusta que no haya puntos suspensivos.

2 comentarios:

Lilith dijo...

Yo tambien fui a muchas fiestas de soltera... la más incomoda cuando mi BFF me pidió ser madrina junto con mi ex. Pero todo es cuestion de actitud, incluso en esa fiesta me diverti. Si los zapatos te quedan bien, no dejes que nadie te diga lo contrario.
Bizz

MAM dijo...

Siempre me pasa que no tengo con quién ir a las bodas, incluso he dejado de ir a algunas con tal de no ir sola.

Pero bueno, al final se trata más de la actitud con que llegues, que de la pareja o no pareja... total, siempre hay alguien que no baila con quien hablar, o alguien que baile con quien bailar.

Mariposa, quédate con los zapatos que quieras, o sin ellos, pero quédate en movimiento. Mientras nos movamos (hacia donde sea) la cosa no puede estar tan mal.

Y si de plano se pone de la chin..., me avisas, que todavía tengo las 5 botellas de tequila listas para descorcharse.

Buena semana!!