lunes, 2 de febrero de 2009

Primer encuentro en Bellas Artes

Desde la media tarde caí dormida en mi cama. En este momento no recuerdo por qué estaba tan cansada, sólo sé que me dormi profundamente... hasta que volví a la realidad hecha una loca porque Janis me esperaba en Bellas Artes.

Sobre la ropa que ya traía puesta, me puse lo que según yo haría verme súper chic en un parpadeo: una gabardina corta color azul eléctrico y unas botas negras altas, arrugadas de la pantorrilla, con plataforma puente. Me alboroté el -aún rubio- cabello, me puse un montón de perfume y me salí corriendo hacia el centro de la Ciudad.

Janis llegó tarde. Yo la esperé un rato en la entrada del Palacio de Bellas Artes pero cuando vi que la gente comenzaba a hacerse bolas para entrar, decidí entrar también. Caminé el vestíbulo del Palacio y las escaleras principales entre pieles, tacones, medias de encaje, vestidos negros y plumas. Llegando a la sala Manuel M. Ponce me di cuenta de que no todo era gala y entonces me sentí mejor de traer un poco encobijado el intelecto todavía, después de la siesta de un par de horas antes.

La sala estaba llenísima y casi no había lugares disponibles. Total que me escurrí entre una línea de butacas para tomar un par y no pude dejar de ver al chico que quedaría sentado atrás de mi: Impecable desde el pelo hasta los brillantes zapatos, interesante, con las manos sobre los muslos vestidos en un traje color azul casi negro. Quedé muy deslumbrada, y desde ese momento hasta el final del evento, no pude pensar en otra cosa más que en voltearlo a ver.

Janis me llamó avisándome que llegaría más tarde casi al final del discurso; para cuando eso pasó, ya había creado toda una imagen e historia en mi cabeza. Y de vez en cuando movía mi cabellera pretextando voltearlo a ver. En una de esas lo vi sonreír, vi su dedo anular izquierdo desnudo y vi sus ojos posados sobre mi.

Nos invitaron a pasar al salón de a lado y tomamos una copa de vino -debo confesar que no recuerdo cuántas me tomé, el tinto me vuelve loca, como ya debes saber-. El salón, como la sala de antes, estaba hasta reventar. Para caminar tuvimos que abrirnos paso entre mucha gente, hasta que finalmente dejamos de circular para detenernos en una mesita redonda, donde nos recargamos, dejamos los bolsos y comenzamos a hablar -cómo no- de los chicos de alrededor.

Y entre la gente lo vi. Y no me encontré a nadie, pero lo encontré a él. Quizá haya estado buscando a alguien que no encontré, pero lo vi a él, platicando con una pareja y moviendo sus armoniosas manos. No me acuerdo si estaba tomando algo, tampoco me acuerdo si estaba acompañado. Lo único que tengo bien registrado -que es lo que me interesa- es su sonrisa y su mirada. Muy difícil de describir. Muy atractiva, casi adictiva. Se me enchina la piel cuando me acuerdo del azul de lo que traía puesto.

Llegó el momento de decir adiós y Janis y yo nos terminamos la última copa de vino. El salón seguía lleno de gente. Para nosotras, chicas del norte, había llegado la hora de partir. Nos reímos un poquito más por las bromas que nos hacíamos una a la otra, me tomé el último sorbo de tinto, di media vuelta para dejar la copa en la mesita y lo vi por última vez. No se me ha olvidado la última mirada, y deseo que nunca se me olvide.

Me puse la gabardina, caminé con Janis a las escaleras y me detuve. Le dije: "ojalá venga tras de mi, de cualquier forma si no me regreso a hablar con él me voy a arrepentir". Y me arrepentí.

Anudé el cinto de mi gabardina, amarré mi efímero rubio cabello y cubrí mi rostro con una pañoleta. Caminamos hacia el metro, con Bellas Artes detrás. El chico no me siguió.

Hubo un par de encuentros en Bellas Artes más: con los ojos verdes y con el investigador estrella. Ninguno tan lindo como el de mi chico de traje azul. A él no le volvería a ver.

Unos cuantos meses después, una broma de mi subconsciente le puso nombre en mi memoria. Las casualidades, como los encuentros, me ponen bien y me dan ganas. Ganas de escribir, de besar, de seguir...

Espero que en una de esas, además de nombre tenga dirección, teléfono o ganas de saber de mi. Otra broma del destino lo dirá, supongo.

2 comentarios:

Lilith dijo...

Te digo, No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca sucedio.
Un beso.

copo dijo...

como decirte lo que te he dicho siempre, sin que suene repetitivo? oh cielos, no lo se. Escribes increible, me gusto esta historia larga, como que ya me hacia falta. Super bien construida y siempre, siempre me llevas a los rincones de la ciudad que me quedan tan lejos. Y esos personajes tan atractivos siempre. Aunque un poco de labor Mariposa, una mirada mas y seguro, seguro te alcanza.
Abrazos