jueves, 23 de abril de 2009

Fue una linda cita

Lo conocí en la sala de espera del médico especialista. Esta vez fui a la colonia Chapultepec Polanco a recibir otras opiniones. Llevaba ya un rato sentada en esas incómodas sillitas cuando Matías entró cerrando la puerta tras de sí y regalándome una sonrisa.

Se sentó a lado mío, hicimos una breve plática. El consultorio es diferente, es un mismo espacio con varias puertas y con un sólo recibidor. Quien esté allí no necesariamente pasará al mismo cubículo que las demás personas. Él pasó primero y nos despedimos con un "que tengas suerte". Mi médico tardó mucho más en pasarme a mi, pero no duré mucho tiempo adentro. Al salir, vi a Matías sentado en la sillita de espera, me despedí del médico, comenzó a hacer muchas preguntas de los siguientes pacientes y sin más salí, algo nerviosa, del lugar.

En la puerta del edificio el chico me abordó. Fue una grata sorpresa, "te esperé porque quería saber si es posible tomar tus datos y platicar un rato" -me dijo.
Hay circunstancias en la vida de una chica, en las que no se debe pensar más y dejarse llevar. Y bueno, que creo que es evidente que a veces me cuesta mucho trabajo dejarme llevar y sólo sentir. Así que, por una (¡pinche!) vez en mi vida, disimulé mis preocupaciones, miré el reloj y le dije "¿Sabes? podemos tomar un café de media hora, luego tengo que ir al sur de la ciudad, ¿qué te parece?".

Caminamos de Hegel hasta Masaryk. Entramos a un café. Pedimos dos americanos y nos dedicamos a conversar. Se dedica a la construcción, yo soy una historiadora escritora citadina medio histérica que comenzó a agitar las manos y a hablar un tanto fuerte. Me sonrojé. Pedí disculpas. Me pidió que le hablara de la Ciudad, me dijo que le encantaba, que disfrutaba mucho los viajes que hacía acá.

Hablé, hablé mucho. Después lo escuché hablarme de su familia, de su trabajo, de los abuelos y de la región. Me habló de sus hermanos, de la universidad, de sus viajes. No pude más y le dije que me había sorprendido verlo en la sillita al salir del consultorio, me dijo que desde que entró supo que debía esperarme a que saliera, que quería saber mi nombre y mi número de teléfono. Sonreí como boba. Fue una linda cita.

Bebí más café, agua y luego fui al baño. No se podía fumar -qué bueno- así que me quedé con las ganas de sentarme en una terraza. Cuando volví a la mesa la cuenta ya había llegado. Estuve en el móvil un rato con mi padre y con San Román. Mientras, saqué mi monedero e intenté -porque no me dejó- sacar el dinero. Cuando cerré el móvil, me dijo: "por favor, permíteme invitarte el café".

Lo recuerdo y me dan ganas de gritar y agitar los brazos.
Qué gran cita, qué maravillosa mañana. Ni siquiera tuve motivos para verle los zapatos, de hecho no recuerdo de qué color era el pantalón que traía puesto.

La media hora se hizo una completa. Ni él ni yo nos queríamos despedir. Caminamos al metro Polanco. Nos deseamos suerte.

Por mucho, la mejor cita que he tenido en años.
Por más, que todo fue casualidad.

1 comentario:

yelitza dijo...

pocas veces sucede algo así.
deseo que alguna vez me pase.