martes, 21 de agosto de 2018

Querido 9 de agosto,

Muchas gracias por escribirme, entiendo aquello de que los correos se van formales de modo institucional, y también entiendo esta maravilla de que digas “aprovecho para comentar”… Yo, bueno no sé cómo decirlo, la verdad es que estoy hecha un torbellino de ideas pero sobre todas ellas, me siento rebosante de alegría. Haberte visto y compartido contigo una mañana, ha sido de las cosas más lindas que me han sucedido durante este año. Estaba tan feliz, que me tomé una foto luego de despedirnos, para no olvidarme de lo que había vivido. Foto que te comparto adjunta a este correo. Mi corazón se llenó de un montón de recuerdos de aquel tiempo que pasamos juntos, una vez al despedirnos le tomé una foto a mis zapatos y al tapete de mi coche porque estaba lleno de flores de jacarandas, sin haberme dado cuenta habíamos conversado durante mucho tiempo al despedirnos bajo una jacaranda que después se vino conmigo en el coche y me llenó de pétalos morados los tacones y también el corazón.
Soy medio bruta para esto, porque me voy como hilo de media escribiéndote cuanta cosa me viene del alma. Curiosamente ahora nos vimos un 9 de agosto, y hace 5 años pasamos juntos la noche del 10 de agosto, con lluvia y con vino tinto y con cientos de carcajadas que, qué barbaridad... a veces me llenan de vergüenza, pero de alegría por haberlas reido contigo.
Ahora pienso que no sé de dónde saqué fuerza para superar todas esas emociones y sensaciones que viví contigo. Prefiero evadirlo y no razonarlo, porque se me llenan los ojos de lágrimas de darme cuenta de cuánto te extraño.
Gracias por conocerte, gracias por ti y por tomarme de la mano aunque estemos lejos.

Con mi corazón, latiendo para siempre junto al tuyo,
RP.

jueves, 29 de marzo de 2018

Réquiem por un iPhone

"El tiempo viene envuelto en plástico fino...
extraño todo el tiempo tu tacto divino".
--A. C.

Caminé y caminé, y ese día aun me estaba habituando a tomar otra vez un antidepresivo y un ansiolítico cada día. Sí sabía a donde tenía que llegar, pero la verdad es que me confié y me perdí un poco. Conozco el centro de la ciudad de México casi como la palma de mi mano. "Casi", porque después del año que viví ahí con los ojos verdes y el rebound que viví con el señor Pande, y las visitas recurrentes con el rey sol, hay muchas zonas -sobre todo calles- a las que me prometí a mi misma no pisar jamás.

Pero lo más bonito de prometerme cosas a mi misma, es que las mismas promesas o lo que tienen que ver, me sorprenden sobre manera y termino volviéndolas a hacer. El centro histórico es una parada obligada por muchas razones: cuando eres turista, cuando eres intelectual, cuando eres indigente; cuando buscas un punto de referencia para encontrarte con quien venga de muy lejos, cuando necesitas hacer compras específicas, cuando quieres comprar fayuca, cuando quieres comprar mercancías por mayoreo, cuando te vas a casar y necesitas un vestido de novia, cuando quieres comprar cosas más baratas que en los centros comerciales, cuando quieres ir al viacrusis a la Catedral Metropolitana, cuando quieres visitar una de las zonas de museos y de cultura más relevantes de la capital, cuando quieres tomar pulque, cuando quieres comer en una cantina, y por supuesto que cuando quieres reparar alguna cosa descompuesta.

Por varias de esas razones, además de haber vivido ahí, es que he frecuentado el centro histórico. Y en muchas o la mayoría de ocasiones, ha sido para reparar alguna cosa descompuesta que incluye conseguir el vaso de una licuadora que se me rompió, comprar las bolsas tipo A para la aspiradora de mi mamá, conseguir la jarra de una cafetera automática Hamilton Beach que rompí al meterla con fuerza a su sitio, y reparar mi iPhone 5 y ahora el 6 Plus. Y me molesta, me jode mucho tener que reparar algo descompuesto, tendría que tener la capacidad -solvencia, le dirían mis padres- de ir a la tienda y comprar todo nuevo... ahh pero entonces llega mi conciencia ecológica a gritarme a la cara que lo que se rompe se repara y se recicla y se reutilza hasta que lo dejemos hechos cenizas. Total que entre que mi empleo de freelance no da para lujos, y que no me gusta desechar las cosas a la primera, me interné por las calles del centro y la zona de aparatos electrónicos, computadoras y teléfonos celulares.

Juan estaba sentado detrás de una mesa larga como de pódium de coloquio o alguna de esas cosas aburridas que acostumbro visitar, pero con la diferencia de que no era un auditorio, él no iba a dar alguna conferencia, y

Salí del lugar y atravesé el Eje Central hacia la calle de López, ahora ahí hay un supermercado Chedraui y Hacía casi una década que no pisaba el Mercado de San Juan de Letrán. Salí del lugar y

atravesamos el barrio chino, la calle independencia y fuimos a dar a un lugar que por fuera se veía terrorífico, pero por dentro no estaba tan mal. Nos dio un ataque de risa cuando vimos hojas de papel bond pegadas en las paredes para cubrir las grietas que quedaron después del terremoto del año pasado. ¿Y si nos tiembla aquí? Le pregunté,

hotel san miguel

En algún momento sentí que flotaba, no que flotáramos los dos -como maravillosamente fue-, sino que él flotaba. Y me dio miedo. Pensé de pronto, ¿qué diablos estoy haciendo? ¿y si él es el demonio mismo o un enviado que quiere atraerme a él? Carajo, otra vez, como cuando tenías veintisés...

Nunca le vi los pies. Recuerdo bien haber tratado de esconder los míos, traía las uñas pintadas de rojo, pero mis pies muy maltratados por el viento, por el agua y por el tiempo. Él... bueno, no me acuerdo muy bien de él; recuerdo sus zapatos, azules, de agujetas, pero no sé a qué hora se los quitó, no sé si usaba calcetines y tampoco sé si eran de hecho unos pies humanos o tenía alguna otra forma que no me dejó ver.



Y aquí estoy como chica adolescente esperando que Juan me llame o me envíe un mensaje, aun cuando sé que eso no sucederá. Mi iPhone no volvió a funcionar.  Aquí está un réquiem para mi iPhone.

sábado, 20 de enero de 2018

Basta

Las personas te tratan mal, y luego se hacen las ofendidas, ellas siempre querrán ser las víctimas y protagonistas. Piden que les hagas caso, les des consuelo y compañía, y después se olvidan de ti. Las personas te buscan solo en fin de año, para venderte jafra para Navidad. No entienden que quienes ponemos un límite firme, lo hacemos por nuestro propio bien, nuestra propia entereza y autoestima; no, lo que "malentienden" es que somos exagerados, que sobreactuamos, porque no entienden que los limites también se ponen para nosotros mismos. Las personas creen que pueden dejarte de hablar o de responder mensajes o las llamadas, creen que pueden dejarte plantada cuando les plazca, y que no habrá consecuencia, creen que siempre estaremos ahí para cuando tengan tiempo o para cuando quieran solventar alguna necesidad. Las personas creen que pueden hablar a nuestras espaldas y criticarnos y jodernos y envidiarnos, con cosas como "te quedó grande el Doctorado", "los hijos se tienen después de terminar la tesis doctoral", "termina la tesis antes de que tu hijo crezca, porque después será imposible que te deje en paz para trabajar", "haremos todo lo posible porque consigas trabajo, porque vamos, se ve que te cuesta trabajo y que la pasas mal", "ah, te embarazaste, esa es tu pinche gracia". Las personas creen que pueden abusar de los demás, físicamente, verbalmente, laboralmente, académicamente, emocionalmente; creen que pueden tratarte como si fueras una cosa de distinta categoría porque sienten que tienen poder, creen que saber más que los demás es el fin último en esta vida. Se sienten con la autoridad de eliminar el saludo cortés o una respuesta amable en público, porque consideran qué hay quienes no se lo merecen. Las personas creen que pueden hablarte de forma grosera y asumir que eres ignorante, y después tratar de comunicarse contigo como si nada. Las personas han olvidado ser amables, y -que triste- han olvidado ser amables con ellas mismas.
Las personas han creído que soy una mujer que soporta que sean descortés con ella, que le hablen mal y que la ignoren, pero no es así.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Me llamo Rocío Paulina y padezco depresión y trastorno de ansiedad. Pocas veces hablo de esto, porque la mayoría de las veces se estigmatiza a una persona con un padecimiento mental, y con el paso de los años he aprendido a no escuchar a las malas voces que han tratado de demeritarme, como persona o como profesional, por mis padecimientos.

Pocas veces hablo de ello, ahora quiero decir que hoy me siento muy bien, y que el infierno que viví hace unos meses y con certeza durante el verano de este año, por fin terminó. Nunca subestimen el poder de un proceso terapéutico y de un tratamiento bien indicado y conducido. De los dos medicamentos que me recetaron, ya me han dado de alta de uno, y sólo me quedé con una habitual pastilla para manejar la depresión. Me siento tan bien, que a veces se me olvida que tomo psicofármacos. Me siento tan bien, que a veces me da miedo acostumbrarme a este estado, y no darme cuenta que tengo problemas que resolver para poder vivir una vida plena y feliz.

Es un arma de doble filo. Es raro. La ansiedad es como un dolor que camina, y la depresión como una loza sobre la cabeza y la espalda que te aplasta, y que no te permite ver el sol ni sentir ningún tipo de calor. No son ningún chiste, y lo más triste es que las personas demeritan sus efectos y se burlan de los tratamientos. Una de las situaciones más duras que viví, fue que en mi familia no se tomaba en serio que soy una mujer enferma.

miércoles, 11 de octubre de 2017

O de octubre, O de otoño...

Soñe, por fin volví a soñar... Yo estaba en uno de mis antiguos departamentos donde vivía sola, hacía mucho que no me soñaba ahí, y de pronto tu llegabas normal, como si llegaras siempre, te abría la puerta y dejabas tus cosas, y nos poníamos a platicar, cuando de repente me decías, "te voy a hacer el amor", yo me quedaba extrañada, no te creía, para mi era una cosa normal... el asunto es que te quitabas del cuello los audífonos, me los ponías y empezabas. La sensación fue muy fuerte, porque te veía pero no entendía lo que decías, no podía escucharte, y con certeza no sé qué música era, pero la escuchaba, tu estabas en silencio, pero yo no. Me besabas, me estrujabas, me desvestías, y lo conseguías. Como que no había sido una advertencia, sino una anunciación. Me tomabas con tal intensidad, con ganas, con deseo, no sé bien como explicarlo y no le quiero dar vueltas porque siempre se me olvidan los sueños muy rápido, el asunto es que fue una sensación super fuerte y me desperté.
Tenía el cuello y el cabello húmedos de sudor, me moría de calor, y cuando me levanté tenía mucho frío. Fui al baño, eran las 2 y tantas de la mañana, regresé a mi cama y ya no me pude dormir. Fue tan fuerte que hasta me asusté, pensé que estabas aquí. El sueño me venció a las 4 de la mañana y el resto de la historia del martes ya te lo sabes.

Y gracias, por venir aunque no te tenga aquí.

martes, 25 de abril de 2017

Doce meses de vida, doce meses de felicidad.


Se dice que la vida cambia radicalmente cuando nos convertimos en padres, y es verdad. Lo que nunca se advierte es de qué forma la vida va a cambiar. En nuestro caso, el nacimiento de nuestro hijo nos colmó de alegría frente a la adversidad de la enfermedad terminal del papá de mi pareja, y nuestro hogar se inundó del sentimiento de haber vivido la experiencia más sobrecogedora de nuestras vidas. Días después experimenté un profundo dolor físico y emocional, que los médicos adjudicaron al descenso hormonal en mi sistema; y al paso de los días a mi pareja a mi nos llegó un fuerte cansancio que se alargó por varios meses. Mientras eso sucedía, vimos a nuestro hijo crecer, mi pareja vio a su padre morir; y cuando creíamos que todo el maremágnum que significa el nacimiento de un primogénito había pasado, al cumplir tres meses de edad nuestro hijo enfermó de gravedad.

Hay cosas que no recuerdo bien, estuvimos atentos a los procesos médicos en los hospitales en los que el bebé estuvo internado, tuvimos que hacer muchos trámites burocráticos porque tuvimos la fortuna de ingresar a una institución de tercer nivel de la Secretaría de Salud, y no recuerdo con certeza cuántos días pasé sin dormir velando por mi bebé en la sala del hospital, mientras mi pareja iba y venía a casa para descansar un poco y poder irse a trabajar. Fueron momentos muy difíciles que desearía que nadie viviera jamás, y sin embargo fueron también momentos de plena felicidad y de reflexión acerca de haberme convertido en madre.

De ese tiempo a esta parte han pasado nueve meses, el bebé se convirtió en niño y lo declararon completamente sano. Durante este tiempo, mi pareja y yo hemos tenido la oportunidad de compartir nuestra experiencia, y sobre todo, hemos comprendido que a pesar de los tiempos tan difíciles que vivimos cuando el bebé nació, hemos sido completamente felices. Durante los procesos hospitalarios conocimos a familias que pasaban por situaciones aun más complejas que la nuestra, y a pesar de ello nos enseñaron que todo estaba bien y que la felicidad se cuenta más allá de las circunstancias que la vida nos pone enfrente.

Mi hijo ha cumplido un año ya. Con todo lo bueno y a pesar de todo lo malo, yo he cumplido doce meses de vivir en plena felicidad.

jueves, 5 de enero de 2017

PaulinaFE

No tienes idea de cómo me alimenta hablar contigo.
No estoy segura de que debas saberlo, quizá debería guardarme este secreto como me he guardado muchos más.
Leerte y escucharte son un oasis en mi desierto. Por mucho, mi vida es tranquila y en lo más esencial está resuelta, pero se ha vuelto muy aburrida. Y es entonces cuando añoro lo que no tengo, extraño lo que no fue, me hace falta tenerte porque no sé cómo es estar contigo. Esta tarde me quedé dormida pensando que te abrazaba, y al despertar y darme cuenta de que estaba sola en mi cama, pensé que habrá un día en que lo pueda hacer, claro si tú me lo permites. 
De algún modo tengo que parar, pues no puede ser que estas ilusiones me alimenten. Trataré de llenarme de cosas más tangibles. Sólo quería escribirte otra vez, pero creo que no lo volveré a hacer, pues no quiero que te vayas.