"El tiempo viene envuelto en plástico fino...
extraño todo el tiempo tu tacto divino".
--A. C.
Caminé y caminé, y ese día aun me estaba habituando a tomar otra vez un antidepresivo y un ansiolítico cada día. Sí sabía a donde tenía que llegar, pero la verdad es que me confié y me perdí un poco. Conozco el centro de la ciudad de México casi como la palma de mi mano. "Casi", porque después del año que viví ahí con los ojos verdes y el rebound que viví con el señor Pande, y las visitas recurrentes con el rey sol, hay muchas zonas -sobre todo calles- a las que me prometí a mi misma no pisar jamás.
Pero lo más bonito de prometerme cosas a mi misma, es que las mismas promesas o lo que tienen que ver, me sorprenden sobre manera y termino volviéndolas a hacer. El centro histórico es una parada obligada por muchas razones: cuando eres turista, cuando eres intelectual, cuando eres indigente; cuando buscas un punto de referencia para encontrarte con quien venga de muy lejos, cuando necesitas hacer compras específicas, cuando quieres comprar fayuca, cuando quieres comprar mercancías por mayoreo, cuando te vas a casar y necesitas un vestido de novia, cuando quieres comprar cosas más baratas que en los centros comerciales, cuando quieres ir al viacrusis a la Catedral Metropolitana, cuando quieres visitar una de las zonas de museos y de cultura más relevantes de la capital, cuando quieres tomar pulque, cuando quieres comer en una cantina, y por supuesto que cuando quieres reparar alguna cosa descompuesta.
Por varias de esas razones, además de haber vivido ahí, es que he frecuentado el centro histórico. Y en muchas o la mayoría de ocasiones, ha sido para reparar alguna cosa descompuesta que incluye conseguir el vaso de una licuadora que se me rompió, comprar las bolsas tipo A para la aspiradora de mi mamá, conseguir la jarra de una cafetera automática Hamilton Beach que rompí al meterla con fuerza a su sitio, y reparar mi iPhone 5 y ahora el 6 Plus. Y me molesta, me jode mucho tener que reparar algo descompuesto, tendría que tener la capacidad -solvencia, le dirían mis padres- de ir a la tienda y comprar todo nuevo... ahh pero entonces llega mi conciencia ecológica a gritarme a la cara que lo que se rompe se repara y se recicla y se reutilza hasta que lo dejemos hechos cenizas. Total que entre que mi empleo de freelance no da para lujos, y que no me gusta desechar las cosas a la primera, me interné por las calles del centro y la zona de aparatos electrónicos, computadoras y teléfonos celulares.
Juan estaba sentado detrás de una mesa larga como de pódium de coloquio o alguna de esas cosas aburridas que acostumbro visitar, pero con la diferencia de que no era un auditorio, él no iba a dar alguna conferencia, y
Salí del lugar y atravesé el Eje Central hacia la calle de López, ahora ahí hay un supermercado Chedraui y Hacía casi una década que no pisaba el Mercado de San Juan de Letrán. Salí del lugar y
atravesamos el barrio chino, la calle independencia y fuimos a dar a un lugar que por fuera se veía terrorífico, pero por dentro no estaba tan mal. Nos dio un ataque de risa cuando vimos hojas de papel bond pegadas en las paredes para cubrir las grietas que quedaron después del terremoto del año pasado. ¿Y si nos tiembla aquí? Le pregunté,
hotel san miguel
En algún momento sentí que flotaba, no que flotáramos los dos -como maravillosamente fue-, sino que él flotaba. Y me dio miedo. Pensé de pronto, ¿qué diablos estoy haciendo? ¿y si él es el demonio mismo o un enviado que quiere atraerme a él? Carajo, otra vez, como cuando tenías veintisés...
Nunca le vi los pies. Recuerdo bien haber tratado de esconder los míos, traía las uñas pintadas de rojo, pero mis pies muy maltratados por el viento, por el agua y por el tiempo. Él... bueno, no me acuerdo muy bien de él; recuerdo sus zapatos, azules, de agujetas, pero no sé a qué hora se los quitó, no sé si usaba calcetines y tampoco sé si eran de hecho unos pies humanos o tenía alguna otra forma que no me dejó ver.
Y aquí estoy como chica adolescente esperando que Juan me llame o me envíe un mensaje, aun cuando sé que eso no sucederá. Mi iPhone no volvió a funcionar. Aquí está un réquiem para mi iPhone.
Por varias de esas razones, además de haber vivido ahí, es que he frecuentado el centro histórico. Y en muchas o la mayoría de ocasiones, ha sido para reparar alguna cosa descompuesta que incluye conseguir el vaso de una licuadora que se me rompió, comprar las bolsas tipo A para la aspiradora de mi mamá, conseguir la jarra de una cafetera automática Hamilton Beach que rompí al meterla con fuerza a su sitio, y reparar mi iPhone 5 y ahora el 6 Plus. Y me molesta, me jode mucho tener que reparar algo descompuesto, tendría que tener la capacidad -solvencia, le dirían mis padres- de ir a la tienda y comprar todo nuevo... ahh pero entonces llega mi conciencia ecológica a gritarme a la cara que lo que se rompe se repara y se recicla y se reutilza hasta que lo dejemos hechos cenizas. Total que entre que mi empleo de freelance no da para lujos, y que no me gusta desechar las cosas a la primera, me interné por las calles del centro y la zona de aparatos electrónicos, computadoras y teléfonos celulares.
Juan estaba sentado detrás de una mesa larga como de pódium de coloquio o alguna de esas cosas aburridas que acostumbro visitar, pero con la diferencia de que no era un auditorio, él no iba a dar alguna conferencia, y
Salí del lugar y atravesé el Eje Central hacia la calle de López, ahora ahí hay un supermercado Chedraui y Hacía casi una década que no pisaba el Mercado de San Juan de Letrán. Salí del lugar y
atravesamos el barrio chino, la calle independencia y fuimos a dar a un lugar que por fuera se veía terrorífico, pero por dentro no estaba tan mal. Nos dio un ataque de risa cuando vimos hojas de papel bond pegadas en las paredes para cubrir las grietas que quedaron después del terremoto del año pasado. ¿Y si nos tiembla aquí? Le pregunté,
hotel san miguel
En algún momento sentí que flotaba, no que flotáramos los dos -como maravillosamente fue-, sino que él flotaba. Y me dio miedo. Pensé de pronto, ¿qué diablos estoy haciendo? ¿y si él es el demonio mismo o un enviado que quiere atraerme a él? Carajo, otra vez, como cuando tenías veintisés...
Nunca le vi los pies. Recuerdo bien haber tratado de esconder los míos, traía las uñas pintadas de rojo, pero mis pies muy maltratados por el viento, por el agua y por el tiempo. Él... bueno, no me acuerdo muy bien de él; recuerdo sus zapatos, azules, de agujetas, pero no sé a qué hora se los quitó, no sé si usaba calcetines y tampoco sé si eran de hecho unos pies humanos o tenía alguna otra forma que no me dejó ver.
Y aquí estoy como chica adolescente esperando que Juan me llame o me envíe un mensaje, aun cuando sé que eso no sucederá. Mi iPhone no volvió a funcionar. Aquí está un réquiem para mi iPhone.