sábado, 20 de enero de 2018

Basta

Las personas te tratan mal, y luego se hacen las ofendidas, ellas siempre querrán ser las víctimas y protagonistas. Piden que les hagas caso, les des consuelo y compañía, y después se olvidan de ti. Las personas te buscan solo en fin de año, para venderte jafra para Navidad. No entienden que quienes ponemos un límite firme, lo hacemos por nuestro propio bien, nuestra propia entereza y autoestima; no, lo que "malentienden" es que somos exagerados, que sobreactuamos, porque no entienden que los limites también se ponen para nosotros mismos. Las personas creen que pueden dejarte de hablar o de responder mensajes o las llamadas, creen que pueden dejarte plantada cuando les plazca, y que no habrá consecuencia, creen que siempre estaremos ahí para cuando tengan tiempo o para cuando quieran solventar alguna necesidad. Las personas creen que pueden hablar a nuestras espaldas y criticarnos y jodernos y envidiarnos, con cosas como "te quedó grande el Doctorado", "los hijos se tienen después de terminar la tesis doctoral", "termina la tesis antes de que tu hijo crezca, porque después será imposible que te deje en paz para trabajar", "haremos todo lo posible porque consigas trabajo, porque vamos, se ve que te cuesta trabajo y que la pasas mal", "ah, te embarazaste, esa es tu pinche gracia". Las personas creen que pueden abusar de los demás, físicamente, verbalmente, laboralmente, académicamente, emocionalmente; creen que pueden tratarte como si fueras una cosa de distinta categoría porque sienten que tienen poder, creen que saber más que los demás es el fin último en esta vida. Se sienten con la autoridad de eliminar el saludo cortés o una respuesta amable en público, porque consideran qué hay quienes no se lo merecen. Las personas creen que pueden hablarte de forma grosera y asumir que eres ignorante, y después tratar de comunicarse contigo como si nada. Las personas han olvidado ser amables, y -que triste- han olvidado ser amables con ellas mismas.
Las personas han creído que soy una mujer que soporta que sean descortés con ella, que le hablen mal y que la ignoren, pero no es así.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Me llamo Rocío Paulina y padezco depresión y trastorno de ansiedad. Pocas veces hablo de esto, porque la mayoría de las veces se estigmatiza a una persona con un padecimiento mental, y con el paso de los años he aprendido a no escuchar a las malas voces que han tratado de demeritarme, como persona o como profesional, por mis padecimientos.

Pocas veces hablo de ello, ahora quiero decir que hoy me siento muy bien, y que el infierno que viví hace unos meses y con certeza durante el verano de este año, por fin terminó. Nunca subestimen el poder de un proceso terapéutico y de un tratamiento bien indicado y conducido. De los dos medicamentos que me recetaron, ya me han dado de alta de uno, y sólo me quedé con una habitual pastilla para manejar la depresión. Me siento tan bien, que a veces se me olvida que tomo psicofármacos. Me siento tan bien, que a veces me da miedo acostumbrarme a este estado, y no darme cuenta que tengo problemas que resolver para poder vivir una vida plena y feliz.

Es un arma de doble filo. Es raro. La ansiedad es como un dolor que camina, y la depresión como una loza sobre la cabeza y la espalda que te aplasta, y que no te permite ver el sol ni sentir ningún tipo de calor. No son ningún chiste, y lo más triste es que las personas demeritan sus efectos y se burlan de los tratamientos. Una de las situaciones más duras que viví, fue que en mi familia no se tomaba en serio que soy una mujer enferma.

miércoles, 11 de octubre de 2017

O de octubre, O de otoño...

Soñe, por fin volví a soñar... Yo estaba en uno de mis antiguos departamentos donde vivía sola, hacía mucho que no me soñaba ahí, y de pronto tu llegabas normal, como si llegaras siempre, te abría la puerta y dejabas tus cosas, y nos poníamos a platicar, cuando de repente me decías, "te voy a hacer el amor", yo me quedaba extrañada, no te creía, para mi era una cosa normal... el asunto es que te quitabas del cuello los audífonos, me los ponías y empezabas. La sensación fue muy fuerte, porque te veía pero no entendía lo que decías, no podía escucharte, y con certeza no sé qué música era, pero la escuchaba, tu estabas en silencio, pero yo no. Me besabas, me estrujabas, me desvestías, y lo conseguías. Como que no había sido una advertencia, sino una anunciación. Me tomabas con tal intensidad, con ganas, con deseo, no sé bien como explicarlo y no le quiero dar vueltas porque siempre se me olvidan los sueños muy rápido, el asunto es que fue una sensación super fuerte y me desperté.
Tenía el cuello y el cabello húmedos de sudor, me moría de calor, y cuando me levanté tenía mucho frío. Fui al baño, eran las 2 y tantas de la mañana, regresé a mi cama y ya no me pude dormir. Fue tan fuerte que hasta me asusté, pensé que estabas aquí. El sueño me venció a las 4 de la mañana y el resto de la historia del martes ya te lo sabes.

Y gracias, por venir aunque no te tenga aquí.

martes, 25 de abril de 2017

Doce meses de vida, doce meses de felicidad.


Se dice que la vida cambia radicalmente cuando nos convertimos en padres, y es verdad. Lo que nunca se advierte es de qué forma la vida va a cambiar. En nuestro caso, el nacimiento de nuestro hijo nos colmó de alegría frente a la adversidad de la enfermedad terminal del papá de mi pareja, y nuestro hogar se inundó del sentimiento de haber vivido la experiencia más sobrecogedora de nuestras vidas. Días después experimenté un profundo dolor físico y emocional, que los médicos adjudicaron al descenso hormonal en mi sistema; y al paso de los días a mi pareja a mi nos llegó un fuerte cansancio que se alargó por varios meses. Mientras eso sucedía, vimos a nuestro hijo crecer, mi pareja vio a su padre morir; y cuando creíamos que todo el maremágnum que significa el nacimiento de un primogénito había pasado, al cumplir tres meses de edad nuestro hijo enfermó de gravedad.

Hay cosas que no recuerdo bien, estuvimos atentos a los procesos médicos en los hospitales en los que el bebé estuvo internado, tuvimos que hacer muchos trámites burocráticos porque tuvimos la fortuna de ingresar a una institución de tercer nivel de la Secretaría de Salud, y no recuerdo con certeza cuántos días pasé sin dormir velando por mi bebé en la sala del hospital, mientras mi pareja iba y venía a casa para descansar un poco y poder irse a trabajar. Fueron momentos muy difíciles que desearía que nadie viviera jamás, y sin embargo fueron también momentos de plena felicidad y de reflexión acerca de haberme convertido en madre.

De ese tiempo a esta parte han pasado nueve meses, el bebé se convirtió en niño y lo declararon completamente sano. Durante este tiempo, mi pareja y yo hemos tenido la oportunidad de compartir nuestra experiencia, y sobre todo, hemos comprendido que a pesar de los tiempos tan difíciles que vivimos cuando el bebé nació, hemos sido completamente felices. Durante los procesos hospitalarios conocimos a familias que pasaban por situaciones aun más complejas que la nuestra, y a pesar de ello nos enseñaron que todo estaba bien y que la felicidad se cuenta más allá de las circunstancias que la vida nos pone enfrente.

Mi hijo ha cumplido un año ya. Con todo lo bueno y a pesar de todo lo malo, yo he cumplido doce meses de vivir en plena felicidad.

jueves, 5 de enero de 2017

PaulinaFE

No tienes idea de cómo me alimenta hablar contigo.
No estoy segura de que debas saberlo, quizá debería guardarme este secreto como me he guardado muchos más.
Leerte y escucharte son un oasis en mi desierto. Por mucho, mi vida es tranquila y en lo más esencial está resuelta, pero se ha vuelto muy aburrida. Y es entonces cuando añoro lo que no tengo, extraño lo que no fue, me hace falta tenerte porque no sé cómo es estar contigo. Esta tarde me quedé dormida pensando que te abrazaba, y al despertar y darme cuenta de que estaba sola en mi cama, pensé que habrá un día en que lo pueda hacer, claro si tú me lo permites. 
De algún modo tengo que parar, pues no puede ser que estas ilusiones me alimenten. Trataré de llenarme de cosas más tangibles. Sólo quería escribirte otra vez, pero creo que no lo volveré a hacer, pues no quiero que te vayas.

martes, 22 de noviembre de 2016

22 de noviembre de 2016.

Le doy vueltas y vueltas y no le veo para donde pudo haber ido esta historia, más que para este final.

Ahora que mi hijo tiene varicela, me acuerdo de cuando me dio varicela a mi y te tocó llevarme al doctor, me dio en tu casa, en donde no querías que yo estuviera. No entiendo qué tanta mierda pasó tantos años por mi cabeza, para haber regresado a tu lugar tanto tiempo, tantas veces. Alguna vez escuché a una mujer decir que ella en cada ruptura tenía que poner a los océanos de por medio, y se iba. Ahora pienso que yo tuve que poner a mi hijo frente a mi, para protegerme de ti, para saber que no tenía que volver a donde tu estás.
Como lo escribí en mi última carta, maduré muy cabrón y el límite tardó mucho en llegar, pero afortunadamente llegó para siempre.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Me gusta que su voz llegue al mismo tiempo que la lluvia.

Casi no podemos recordar cómo fue que nos conocimos, cómo coincidimos y cómo nos vimos por primera vez. A pesar del placer que nos ha traido

Desde aquí, desde donde parece que vivimos en países pequeños, desde donde la lluvia cae a destiempo, desde donde Cé... yo lo amo.

Gracias.