sábado, 20 de julio de 2019

Lo primero que me escribió.

Por favor, no me digas que imposible,
si cada segundo está manchado de nuestra sangre
Si tú nombre incluye el mío
Si no tenemos casa ni refugio 
Si eres lo primero que pienso al despertar
y apenas entiendo: Di-s sólo me tiene paciencia
por un ejercicio de sinceridad


FMM 13 de mayo de 2015

martes, 9 de octubre de 2018

Cuando me dormí, soñé contigo...

Querido J,
Encontré las fotos de las que te hablé ayer. No cabe duda de que recordar es volver a vivir, y me ha dado muchísima alegría ver las imágenes y compartirlas contigo. Agregué dos fotos más, de cuando el bebé ya había nacido y le estoy dando pecho con la camisa abierta, de hecho estaba en el atrio de una iglesia, sentada a un lado de la entrada central y recargada en la pared color terracota, sin cubrirme, claro, como todas las veces que di pecho en público. Ahora que lo pienso, parece que en cada cosa que hago cometo un acto de osadía. La primera rebeldía: no querer peinarme nunca. La segunda: querer estar contigo aunque no sea para siempre y con la certeza de que nuestros latidos se han sincronizado al unísono de la lluvia. Con eso me basta. Se me ha ido el apetito. Haber compartido ayer contigo, me ha alimentado y satisfecho más que el alimento mismo. Si fuera posible, lo pasaría todo el tiempo comiendo postres de manzana con helado de vainilla a tu lado... Hoy fui al mercado, y en cada fruta que elegí te vi a ti, compré zarzamoras y tunas, e imaginé el desayuno a tu lado, con el olor penetrante del café espresso recién hecho y lo dulce de la fruta en mi boca.
Siempre te he querido, pero hoy te extraño.

"Cuando mi país te elija como reina,
cuando este país deje de mentirse así.
Tus ojos de india y melena callejera,
tu sueño es el sueño de los que vivimos aquí"...

jueves, 4 de octubre de 2018

"Y si el viento me devuelve a tus orillas"...

Querido J,

Ahora fui yo quien tardó más de un mes en organizar ideas y ordenar emociones, para poder responderte.
Yo creí que lo recordaba como si hubiera sido ayer, pero en realidad las escenas que describes me helaron la piel. Tardé varios días en leer el mensaje completo porque cada que empezaba a leerte, me ganaban las ganas de llorar. Pocas veces he extrañado tanto, y nunca me imaginé querer así, despacio. Muchas veces me quedo dormida pensando cómo estarás e imaginando todos los momentos a tu lado, pasados y futuros.
No tengo mucho que escribirte, mas que espero el día en que te vuelva a ver y que cada que recibo alguna comunicación conmigo el día se convierte en un oasis del cual tomo fuerza. Esta semana ha sido particularmente complicada, y el día que me escribiste a mi celular tuve un enorme respiro. Gracias por eso, y gracias por todo.

Espero que nos encontremos muy pronto,


"De un tiempo olvidado, ha venido un recuerdo mojado
De una tarde de lluvia, de tu pelo enredado"...

martes, 21 de agosto de 2018

Querido 9 de agosto,

Muchas gracias por escribirme, entiendo aquello de que los correos se van formales de modo institucional, y también entiendo esta maravilla de que digas “aprovecho para comentar”… Yo, bueno no sé cómo decirlo, la verdad es que estoy hecha un torbellino de ideas pero sobre todas ellas, me siento rebosante de alegría. Haberte visto y compartido contigo una mañana, ha sido de las cosas más lindas que me han sucedido durante este año. Estaba tan feliz, que me tomé una foto luego de despedirnos, para no olvidarme de lo que había vivido. Foto que te comparto adjunta a este correo. Mi corazón se llenó de un montón de recuerdos de aquel tiempo que pasamos juntos, una vez al despedirnos le tomé una foto a mis zapatos y al tapete de mi coche porque estaba lleno de flores de jacarandas, sin haberme dado cuenta habíamos conversado durante mucho tiempo al despedirnos bajo una jacaranda que después se vino conmigo en el coche y me llenó de pétalos morados los tacones y también el corazón.
Soy medio bruta para esto, porque me voy como hilo de media escribiéndote cuanta cosa me viene del alma. Curiosamente ahora nos vimos un 9 de agosto, y hace 5 años pasamos juntos la noche del 10 de agosto, con lluvia y con vino tinto y con cientos de carcajadas que, qué barbaridad... a veces me llenan de vergüenza, pero de alegría por haberlas reido contigo.
Ahora pienso que no sé de dónde saqué fuerza para superar todas esas emociones y sensaciones que viví contigo. Prefiero evadirlo y no razonarlo, porque se me llenan los ojos de lágrimas de darme cuenta de cuánto te extraño.
Gracias por conocerte, gracias por ti y por tomarme de la mano aunque estemos lejos.

Con mi corazón, latiendo para siempre junto al tuyo,
RP.

jueves, 29 de marzo de 2018

Réquiem por un iPhone

"El tiempo viene envuelto en plástico fino...
extraño todo el tiempo tu tacto divino".
--A. C.

Caminé y caminé, y ese día aun me estaba habituando a tomar otra vez un antidepresivo y un ansiolítico cada día. Sí sabía a donde tenía que llegar, pero la verdad es que me confié y me perdí un poco. Conozco el centro de la ciudad de México casi como la palma de mi mano. "Casi", porque después del año que viví ahí con los ojos verdes y el rebound que viví con el señor Pande, y las visitas recurrentes con el rey sol, hay muchas zonas -sobre todo calles- a las que me prometí a mi misma no pisar jamás.

Pero lo más bonito de prometerme cosas a mi misma, es que las mismas promesas o lo que tienen que ver, me sorprenden sobre manera y termino volviéndolas a hacer. El centro histórico es una parada obligada por muchas razones: cuando eres turista, cuando eres intelectual, cuando eres indigente; cuando buscas un punto de referencia para encontrarte con quien venga de muy lejos, cuando necesitas hacer compras específicas, cuando quieres comprar fayuca, cuando quieres comprar mercancías por mayoreo, cuando te vas a casar y necesitas un vestido de novia, cuando quieres comprar cosas más baratas que en los centros comerciales, cuando quieres ir al viacrusis a la Catedral Metropolitana, cuando quieres visitar una de las zonas de museos y de cultura más relevantes de la capital, cuando quieres tomar pulque, cuando quieres comer en una cantina, y por supuesto que cuando quieres reparar alguna cosa descompuesta.

Por varias de esas razones, además de haber vivido ahí, es que he frecuentado el centro histórico. Y en muchas o la mayoría de ocasiones, ha sido para reparar alguna cosa descompuesta que incluye conseguir el vaso de una licuadora que se me rompió, comprar las bolsas tipo A para la aspiradora de mi mamá, conseguir la jarra de una cafetera automática Hamilton Beach que rompí al meterla con fuerza a su sitio, y reparar mi iPhone 5 y ahora el 6 Plus. Y me molesta, me jode mucho tener que reparar algo descompuesto, tendría que tener la capacidad -solvencia, le dirían mis padres- de ir a la tienda y comprar todo nuevo... ahh pero entonces llega mi conciencia ecológica a gritarme a la cara que lo que se rompe se repara y se recicla y se reutilza hasta que lo dejemos hechos cenizas. Total que entre que mi empleo de freelance no da para lujos, y que no me gusta desechar las cosas a la primera, me interné por las calles del centro y la zona de aparatos electrónicos, computadoras y teléfonos celulares.

Juan estaba sentado detrás de una mesa larga como de pódium de coloquio o alguna de esas cosas aburridas que acostumbro visitar, pero con la diferencia de que no era un auditorio, él no iba a dar alguna conferencia, y

Salí del lugar y atravesé el Eje Central hacia la calle de López, ahora ahí hay un supermercado Chedraui y Hacía casi una década que no pisaba el Mercado de San Juan de Letrán. Salí del lugar y

atravesamos el barrio chino, la calle independencia y fuimos a dar a un lugar que por fuera se veía terrorífico, pero por dentro no estaba tan mal. Nos dio un ataque de risa cuando vimos hojas de papel bond pegadas en las paredes para cubrir las grietas que quedaron después del terremoto del año pasado. ¿Y si nos tiembla aquí? Le pregunté,

hotel san miguel

En algún momento sentí que flotaba, no que flotáramos los dos -como maravillosamente fue-, sino que él flotaba. Y me dio miedo. Pensé de pronto, ¿qué diablos estoy haciendo? ¿y si él es el demonio mismo o un enviado que quiere atraerme a él? Carajo, otra vez, como cuando tenías veintisés...

Nunca le vi los pies. Recuerdo bien haber tratado de esconder los míos, traía las uñas pintadas de rojo, pero mis pies muy maltratados por el viento, por el agua y por el tiempo. Él... bueno, no me acuerdo muy bien de él; recuerdo sus zapatos, azules, de agujetas, pero no sé a qué hora se los quitó, no sé si usaba calcetines y tampoco sé si eran de hecho unos pies humanos o tenía alguna otra forma que no me dejó ver.



Y aquí estoy como chica adolescente esperando que Juan me llame o me envíe un mensaje, aun cuando sé que eso no sucederá. Mi iPhone no volvió a funcionar.  Aquí está un réquiem para mi iPhone.

sábado, 20 de enero de 2018

Basta

Las personas te tratan mal, y luego se hacen las ofendidas, ellas siempre querrán ser las víctimas y protagonistas. Piden que les hagas caso, les des consuelo y compañía, y después se olvidan de ti. Las personas te buscan solo en fin de año, para venderte jafra para Navidad. No entienden que quienes ponemos un límite firme, lo hacemos por nuestro propio bien, nuestra propia entereza y autoestima; no, lo que "malentienden" es que somos exagerados, que sobreactuamos, porque no entienden que los limites también se ponen para nosotros mismos. Las personas creen que pueden dejarte de hablar o de responder mensajes o las llamadas, creen que pueden dejarte plantada cuando les plazca, y que no habrá consecuencia, creen que siempre estaremos ahí para cuando tengan tiempo o para cuando quieran solventar alguna necesidad. Las personas creen que pueden hablar a nuestras espaldas y criticarnos y jodernos y envidiarnos, con cosas como "te quedó grande el Doctorado", "los hijos se tienen después de terminar la tesis doctoral", "termina la tesis antes de que tu hijo crezca, porque después será imposible que te deje en paz para trabajar", "haremos todo lo posible porque consigas trabajo, porque vamos, se ve que te cuesta trabajo y que la pasas mal", "ah, te embarazaste, esa es tu pinche gracia". Las personas creen que pueden abusar de los demás, físicamente, verbalmente, laboralmente, académicamente, emocionalmente; creen que pueden tratarte como si fueras una cosa de distinta categoría porque sienten que tienen poder, creen que saber más que los demás es el fin último en esta vida. Se sienten con la autoridad de eliminar el saludo cortés o una respuesta amable en público, porque consideran qué hay quienes no se lo merecen. Las personas creen que pueden hablarte de forma grosera y asumir que eres ignorante, y después tratar de comunicarse contigo como si nada. Las personas han olvidado ser amables, y -que triste- han olvidado ser amables con ellas mismas.
Las personas han creído que soy una mujer que soporta que sean descortés con ella, que le hablen mal y que la ignoren, pero no es así.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Me llamo Rocío Paulina y padezco depresión y trastorno de ansiedad. Pocas veces hablo de esto, porque la mayoría de las veces se estigmatiza a una persona con un padecimiento mental, y con el paso de los años he aprendido a no escuchar a las malas voces que han tratado de demeritarme, como persona o como profesional, por mis padecimientos.

Pocas veces hablo de ello, ahora quiero decir que hoy me siento muy bien, y que el infierno que viví hace unos meses y con certeza durante el verano de este año, por fin terminó. Nunca subestimen el poder de un proceso terapéutico y de un tratamiento bien indicado y conducido. De los dos medicamentos que me recetaron, ya me han dado de alta de uno, y sólo me quedé con una habitual pastilla para manejar la depresión. Me siento tan bien, que a veces se me olvida que tomo psicofármacos. Me siento tan bien, que a veces me da miedo acostumbrarme a este estado, y no darme cuenta que tengo problemas que resolver para poder vivir una vida plena y feliz.

Es un arma de doble filo. Es raro. La ansiedad es como un dolor que camina, y la depresión como una loza sobre la cabeza y la espalda que te aplasta, y que no te permite ver el sol ni sentir ningún tipo de calor. No son ningún chiste, y lo más triste es que las personas demeritan sus efectos y se burlan de los tratamientos. Una de las situaciones más duras que viví, fue que en mi familia no se tomaba en serio que soy una mujer enferma.