martes, 11 de mayo de 2010

El tercer baño del día.

Me gusta este excedente de grasa que se ha acumulado alrededor de mi vientre, y sobre mis caderas. Me hubiera gustado que me miraras en la ducha, sin luz y con velas; con mi silueta dibujada en la sombra de los azulejos del baño. Me hubiera gustado compartirte cada imagen de mi cuerpo, como nos compartimos cuando me bañas, te recibo, me hueles y me dices que me quieres.

Llegué y no había energía eléctrica. Algo se rompió en el poste de luz que está a un par de cuadras de mi casa, que no hubo ni una chispita en toda la noche.

Venía muy cansada, tenía que darme un baño, sería el tercero del día. El primero fue el de rutina. El segundo fue el de maravillas, el de calor, el de gotas fabulosas que corren desde el medio de mis pechos hasta abajo de mi ombligo. Fue un baño de amor, de esos que me fascinan, que me enloquecen; que me gusta cómo me miras, porque entonces sí estuviste para mirarme.

Éste baño, el tercero del día, fue diferente. No estabas conmigo, pero sentí como si estuvieras. No había luz, pero se miraba como si hubiera. No fue de amor, pero de lejos sentiste que así fue, me lo dijiste, lo soñaste, me sentiste allí contigo. Y hubiera sido maravilloso, que hubieras estado allí conmigo, no tan cerquita, de lejitos, para que miraras como cambió de color mi piel por el brillo de las velas.

Mi silueta -esta que tanto miras cuando no me doy cuenta- se dibujaba en la pared; en la misma que nos ha visto varias veces, que nos ha recibido, y que también me acoge aunque no estés conmigo.

Las paredes definitivamente hablan y escuchan; esperan que las llene de tu nombre, del sonido de mi garganta cuando grito tu nombre, cuando pido que no te alejes más.

Estas paredes definitivamente miran y luego te cuentan, cuando vienes a quedarte conmigo, como es cuando no estoy contigo. Que tristemente es como una oficina, como los teléfonos que nadie quiere responder, como los floreros que no tienen flores, como las plantas que no se riegan más. Todo es como la cocina sin usar, como un sartén donde no se ha frito nada, como una olla donde nada se pone a hervir.

Y entonces, las paredes esperan -con mi silueta de cintura y de caderas- a que vengas a estar conmigo, a que vengas a mirar (mientras ellas también nos miran) como las velas nos dibujan, mientras la luz nos dá más calor. Poco a poco te acercas, me tocas, quieres abrazarme y no te decides, quizá prefieras sólo mirar, pero entonces te mojas. Te quedas conmigo.

Ahora el segundo baño y el tercero son el mismo.

Vienes aquí y otra vez todo tiene color, lo que brilla en mis ojos es azul turquesa, es amarillo girasol, es amor de colores, de cocina, de olores que no queremos dejar de probar ni de sentir.

Tu piel es de mi color, así dices, que cambia de color como lo hace el amor después del amor.

1 comentario:

Lilith dijo...

Mmmm me hiciste sonreir... mucha sensualidad.
Un beso mi querida Mariposa.
Te iba a preguntar si todo va bien... pero creo que tu post indica que todo va genial.
Bizzzz