Quien es gavilán no chilla, ¡no se raje!
Gonzalo N. Santos, Memorias.
"No conocían el mar, y se les antojó más triste que en la tele; pájaros de Portugal, sin dirección, ni alpiste ni papeles..." La canción de Joaquín Sabina no se me sale de la cabeza. "Alumbraron el amanecer, muertos de frío..." Y lo que poco a poco comienza a salírseme de la cabeza, es la tristeza.
Esta semana he andado como literal zombie. Tuve una crisis muy fuerte el lunes en la mañana y el martes al mediodía. De hecho, puede ser que venga teniendo crisis desde hace algunos meses, pero no me había dado cuenta. He venido trabajando a marchas forzadas, durmiendo más de lo que debo cuando puedo y donde puedo. Manejando el auto como si él me manejara a mi. Me sentía muy mal, pero poco a poco he dejado de hacerlo. Hasta eso me da flojera.
No he puesto atención en todos los cambios que ha tenido la Ciudad. En los nuevos semáforos, las nuevas rutas; en las nuevas líneas de Metro y de Metrobús que le han venido a llenar las entrañas y la superficie. No he puesto atención en todos los cambios que ha tenido mi cuerpo. Unos de mis pantalones de mezclilla no me suben de la cadera, he ganado mucho peso. Mi mechón de canas se ha vuelto más blanco, más largo y comienza a salir en todas las fotos.
No he puesto atención en todo el tiempo que ha pasado desde la última vez que vi a mis amigos. Los extraño. Extraño a San Román, a la Diseñadora de Modas, al chico del traje azul, a Mafka, a Janis, a Madame Copo de Nieve y al chico más ocupado de la ciudad. Una de esas irremediables ganas de ponerme al corriente con dos de mis amigos, me trajo muchos problemas. Se me llenan los ojos de lágrimas tan sólo de recordar todas las cosas que pasaron después de esa merienda. Maldito sea el Sanborn's de Reforma y Manuel González. Maldito sea el centro de la Ciudad, sus putas avenidas, camellones, taxis, glorietas... maldito sea el trolebús que viaja sobre el Eje Central.
Y yo, quizá también deba estar maldita, romper todo lo que toque, desbartar todo lo que se me ponga en frente. En el fondo me siento bien porque sé que no hice nada malo. Todo ha sido una interpretación subjetiva de los hechos, de las cosas, de mis palabras y de mis letras. Si pudiera haberme colgado la letra A en el pecho luego de gritarme todo lo que me gritó, lo hubiera hecho. Con sinceridad sé que hubiera preferido que me diera una bofetada, en lugar de haberme acribillado con sus palabras, una y otra vez, una y otra vez, hasta que me hice chiquita.
Ahora, como si nada, sale a relucir un terapeuta ausente, que da paz, armonía, y que receta que "no se enganche" a las cosas que pasan y que le digo. "Terminamos, es mejor que terminemos", me dijo frente a la puerta del departamento, a obscuras, con una vela encendida. "Si habías tomado ya la decisión, pudiste decírmela", le contesté. Nada tiene sentido en este momento. Todo está turbio, nublado, entristecido por tanta falta de respeto en la que nos enganchamos él y yo, yo y él, los dos, como Dios nos dio a entender.
Que la terapia debe ser en pareja, o individual, bueno, individual obligatoria para uno, pero en pareja también obligatoria para los dos, entonces pues hay que tomar tres terapias, una individual, cada quien, y una en pareja, a ver si las cosas pueden solucionarse... "pues ya mejor arruga la hoja y tirala al bote de basura", me dijo mi madre ayer, haciendo referencia a lo que ella le dice a sus alumnos, cuando tienen la hoja de papel fabriano llena de rayas, marcas, borrones y borrones, que si aguantara un sólo borrón más, se rompería. Yo no sé si mi madre tiene razón, lo que sí se es que es vieja, y sabe dar un consejo. Tampoco sé si se debe retirar toda la apuesta, aún cuando se sabe que cuatro meses son los que se debe probar si un negocio funciona o no funciona, si hay ganancia o hay pérdida, si hay más de uno que de otro, si se continúa invirtiendo o si se retira el capital.
Yo no quise firmar ningún contrato. La boda que quería, la boda que tuve en mente, se desvaneció como cualquier otro plan de cualquier otro pinche domingo. Pasadas unas semanas ya no quise continuar los planes; cancelados los preparativos, para mí ya no había nada qué hacer. No firmé ningún papel, pero tenía toda mi voluntad puesta en este proyecto. Era un buen proyecto, de otra forma no hubiera dicho que sí.
Creo que una experiencia tan fuerte no se merece, no se gana, ni se planea. No sé si él se lo merezca, yo creo que no. Creo también que tampoco me lo merezco. Sólo nos merecemos ser felices, continuar un proyecto de respeto integral y único. ¿En qué momento las cosas cambiaron tanto? No lo sé.
Inseguridad, ansiedad, celos, vergüenza, envidia, egoísmo... amor, respeto, amistad, lealtad, fidelidad... Cuánto brinco estando el suelo tan parejo. Amor, amor, amor. ¿Qué tenía de malo que yo mencionara al Rey Sol durante mis pláticas? ¿Qué tenía de malo que viera a mi mejor amigo, San Román? ¿Qué tenía de malo que hablara con él por teléfono? ¿Qué tiene de malo que una se procure su propio fondo financiero para resolver algún inconveniente o alguna necesidad? A lo mejor todo, aunque yo pienso que nada.
El lunes cumplí 28 años, una noche antes el chico de los Ojos Verdes se fue de la casa. Y en realidad no sé por qué se fue, si iba a volver. Y no sé por qué se fue y volvió, si la que en verdad se va con un camión lleno de cosas y un gato en una jaula, soy yo.
2 comentarios:
China, Mariposa, Diva Tecknicolor...te extraño y me urge que platiquemos, te buscaré en línea-
Esta, tu Madame Copo, que no puede recordar la contraseña de su blog.
Besos
Mariposa querida,
Qué pena que estas cosas pasen; una nunca se da cuenta de cuándo es que algo bueno se va al carajo, qué te digo.
Te abrazo, largamente.
M.
Publicar un comentario